Desde pequeños, la familia, la escuela, el grupo de amigos y los medios de comunicación nos transmiten normas, valores y modelos de identidad. A la niña se le educaba dependiente, afectiva y sumisa; mientras el niño debía ser valiente, agresivo y no mostrar sus sentimientos.
Nuestra cultura ha dividido a hombres y mujeres en esquemas sexuales diferentes, limitantes y desiguales; cuando ambos se complementan para la reproducción y el placer.
En lo sexual, nuestra sociedad ha sido más tolerante con el hombre; permitiéndole ejercer dominio, poder y autoridad sobre la mujer, quien era reducida a un rol pasivo y dependiente, “todo lo debe aceptar”, “la sexualidad era tener y criar hijos” limitando así su sexualidad y desarrollo personal.
Actualmente las conductas han ido cambiando, en especial en las ciudades. Sin embargo la negación de la sexualidad femenina, la doble moral y el machismo siguen siendo fuertes barreras.
Entre los factores que intervienen en este cambio de mentalidad, el más importante es la educación; que ha permitido el desarrollo y la autorrealización de la mujer, así como su incorporación a todas las actividades profesionales, sociales y económicas del país.
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